Eran como las 4 de la madrugada, lo despertó el teléfono. Era ella, de extraña manera llamando desesperada y descontroladamente. Al comienzo no quiso contestar, pensaba decirle, cuando amaneciera, que su celular estaba sin sonido o algo por el estilo. Media hora más tarde la vibración terminó por hacer caer el aparato al suelo, él terminó por contestar.
- Amor, ¿que pasó? no escuchaba el teléfono hasta ahora.
- Es mi abuela -Mientras lloraba con la respiración entrecortada-, me dejó, se fue.
Leandro se levantó de inmediato, sin atinar siquiera a pensar en su vestimenta, pesando en la manera correcta de comportarse ante una situación así. Ariadna era de esas mujeres extremamente sensibles, que aún cuando su fortaleza quería resaltar en su rostro no podía contener tan profundas lágrimas.
Un abrazo aparentemente interminable se apoderó del momento, llanto y presión hacia él. No sabía que hacer, era tan solo ser el hombro que necesitaba su amada... al parecer eso bastó.
A unas 2 horas de la ciudad se preparaba el cortejo. Una mujer que poco conoció pero hacia quien siempre mostró un respeto, la sabiduría se veía reflejada en sus ojos. La acompañó en lo poco que pudo pasar antes de partir.
- Leandro, pero ¿por qué no lloras conmigo? -preguntó ella mirando sus ojos.
- No estoy aquí solamente para acompañarte en dolor, también quiero mostrarte de alguna manera la fortaleza que necesitas.
- ¿Tendré una estrella en el cielo?
- Ariadna, te puedo asegurar que será un ángel que va a cuidarte.
- No me dejes de amar ahora.
- Ni siquiera podría irme de tu lado, aunque tú lo hicieras.
Tuvieron que pasar un par de semanas para poder hacer las cosas como antes, no tan igual, pero con el mismo orden. Ari (como él la llamaba) supo reponerse rápido, quizás fue por la fuerza y el ánimo que Leandro le dio, no la dejó ni un instante, ni uno.
Aquel octubre fue muy duro, pero no sólo pasó aquello; hay veces que el destino debe hacerte aún más fuerte. Y esta vez le llegaría el golpazo a él.
No hay comentarios:
Publicar un comentario