Capítulo 4: Que yo nunca

Ariadna tuvo algunos problemas cuando estuvo en la escuela, no era muy estudiosa, mas bien, relajada. Eso llevó muchos problemas a casa. El padre era muy consentidor y la madre la de la mano dura (siempre la nena es la engreída de papá, casi casi nos acostumbramos a vivir con esa idea toda la vida). No había día que papá llegue a casa sin un regalo para Ari, aunque sea, algo tan mínimo como un pequeño chocolate.

Pero ante tanto problema marital llegó la gota que derramó el vaso. Ella tenía 15, pasó todo unos días después de su fiesta de cumpleaños, el día que papá decidió irse de casa, alegaba que ya no amaba como antes; dejó el anillo de matrimonio sobre la mesa y le dijo a su niña mientras ponía la mano derecha cerca del mentón:

"Te amo, y no me voy por ti, pero tengo que hacerlo, esto que pasa nos hace daño a todos. Intenté solucionarlo pero no se pudo, ya no hay amor".

Es como si en ese momento clausuraran en su mente la puerta del amor, como si el color de su alma se volviera gris como ceniza, se le quebró el corazón en el mismo instante del golpazo de la puerta mientras se oían los últimos pasos de papá en la entrada. Ella lloraba y pedía gritando que no se fuera.

Esa evidente marca tal vez sería eterna. No solo dejó pasar sus estudios sin importancia, plantaba a sus amigos y desquitaba muchas veces su amargura con quien mejor se portaba con ella.

Llegó un día, tras las clases más aburridas del mundo, que abrió la puerta de su casa, nunca había sentido que alguien podía ser capaz de ver el dolor de otra persona, ese día fue así, sus pupilas se dilataron, tiró la mochila al suelo y fue corriendo a abrazar a mamá que lloraba desconsoladamente; ni siquiera podía hablarle, tenía algo en los brazos y lo apretaba muy fuerte contra su pecho. Ariadna pudo entresacarle del fuerte agarre el retrato de su padre:

-¿Ahora lo extrañas no? -dijo Ariadna mientras se alejaba de su madre con cierto enojo y mamá solo lloraba -Él nos dejó por tu culpa y ahora ¿lloras por él?
-Shhhh -atinó solamente a responder.
-Por tu estúpida culpa él se quiso ir, ¿sabes? te odio con mi alma desde aquel día. Sabes que yo nunca dejé de pensar en eso, me arruinaste...
-¡CÁLLATE!
-No me voy a callar, soy una maldita infeliz a tu lado.
-¡Ariadna!
-¿Qué? -respondió aún con ganas de discutir.
-Tu papá murió.
-¿Qué?, ¿Qué?
-Se estrelló contra una pared. Su auto se destruyó con la explosión.

En ese pesado ambiente, Ariadna desmayó. El impacto fue grandísimo.

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