Capítulo 3: Diana


-Hola?
-Perdóname
-Ya te perdoné
-No me es suficiente, te necesito.


Empecinada en su decisión, comenzó a vivir su vida sin recordarlo, como cuando necesitas empezar de nuevo, claro, ella sabía que no sería fácil hacer lo mismo pero sin alguien. Te acostumbras, esperas trabajar en equipo, observas a tu costado porque sabes que hay una mirada que te puede sacar de dudas, o simplemente una mano previsible por si caes. Diana tenía que olvidarse de eso, de todo.

A la mañana siguiente de la llamada, quemó cartas, tiró fotos, echó a perder recuerdos de dos años. Destruir besos y promesas de su mente, el aliento de su boca, la sensación de volver a sentir la respiración tibia y el roce de sus cuerpos... al menos eso creía hacer. Era muy difícil permanecer en estas circunstancias sin lágrimas, sin esos gemidos intensos que terminar por alterar la respiración. Diana tuvo a su madre de la mano toda una noche, un refugio fuerte en esa guerra de sentimientos. Ella supo consolarla con abrazos y caricias, quedaron en no contarle nada del llanto a papá, podría traer secuelas en reacciones.

Volvió al trabajo luego de un difícil fin de semana y ahí estaba él, el que tuvo el primer paso pero quedó estampado en una pared de fidelidad que puso Diana; el mejor amigo, el que fue paño en penas y confundió la ternura amical con exorbitante ilusión. A pesar de todo nunca se alejó. Jeremías, nacido en Reino Unido, independiente por rebeldía, sobresaliente por su talento administrativo, un creyente de amor, el tipo ideal de las mujeres. Ese día llegó con una rosa, parecida a una acción previsible y calculada ante la congoja de Diana; volvió a ser paño sin querer, pero esta vez todo sería distinto.

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