Jeremías fue a dejar a Diana a su casa luego del trabajo. Se iban a despedir, pero ante la pena notoria en el rostro de ella se atrevió a conversar:
-Diana, ¿qué te hizo? -preguntó Jeremías, entre asustado y molesto.
-Se me hace difícil olvidar lo que me hizo. No se merece nada. Ya lo perdoné y quiero olvidar, pero simplemente no puedo dejar de pensar en él.
-A pesar de todo te acostumbraste a él, ¿verdad?
-No recuerdo haber hecho algo en mucho tiempo sin él. Entregué mi 100 por ciento, por eso me quedo sin nada.
-No quiero saber que te hizo, no quiero escuchar de lo que fue capaz. Solo te digo una cosa, de hoy en adelante tendrás a alguien siendo tu vigía.
-¿Por qué siempre estás cuando te necesito? No te he dado más que algunas conversaciones.
-Diana, alguna vez pensé que el amor era cosa de dos personas, pero he aprendido que el amar es tan perfecto que no necesita de nada ni nadie para desenvolverse, basta uno. Jamás te he ocultado lo que siento, tú sabes bien que eres dueña de mi corazón sin aún aceptarlo. A pesar de la dureza de verte querer a otra persona, no dejé ni dejaré de soñar con ese día en el que pueda llevarte de la mano conmigo, para siempre.
En ese mismo instante, invadida por la ternura y la confusión, lo besó. Le ardía el pecho mientras tocaba sus labios y cerraba los ojos; sentía que descargaba su dolor con amor, con pasión; él mientras, con sorpresa, complementaba el beso, tomó la mano de Diana con fuerza, entrelazó dedos y creyó tocar el cielo. Finalmente, el beso de segundos que parecían eternidad terminó, como perdidos en el tiempo, y es que lo disfrutaron tanto, sin necesidad de volverlo deseoso o simplemente corporal, llenó la idea en sus cabezas, se terminaron alejando un poco pero mirándose fijamente a los ojos; una pequeña sonrisa aparecía en el gesto de Jeremías, en ella tardó un poco más pero llegó. Diana la abrazó con tanta fuerza, apretando su pecho, aplastando el sufrimiento, él miraba sorprendido. Ella empezó a llorar, nunca nadie es tan fuerte como creer que superar un amor es fácil, de otra manera, llamaríamos equivocadamente al bendito sentimiento. Pasaron unas cuantas palabras más, Jeremías trataba de cambiar el tema, de generar algo de buen humor en Diana, no quería verla con más lágrimas.
Sin saberse explicar así mismo si el día había sido lo suficientemente bueno para olvidar lo malo, regresó a su casa taciturno y cavilando en ello. Diana era una obsesión, una pasión. Había cumplido tan ligeramente uno de sus deseos más importantes que lo más probable era recordarlo por mucho.
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